Reflexiones de otro aguacatero.

Leyendo en el Diario “La humilde opinión de una aguacatera”, no puede evitar

sonreír y sentirme más aguacatero, de lo que mi crianza y alimentación

atestiguan.

O dicho más simple, soy aguacatero pero bien comido pues.

Pero no queriendo hablar mucho de mi pedigrí y además, a ustedes que les

importa; Lo que si se me ocurrió, fue escribir las reflexiones de los

“aguacateros”.

Si usted es delicado, de cultura acomplejada, no le aconsejamos que lea mis

puntadas, averigüe que es una metáfora y por favor, ni me lea. Se le pueden

pasar mis pulgas. Y de la picazón, puede terminar siendo artista o escritor

y dioguarde.

Suficiente preámbulo, mejor le tomo dictado al primer chucho para que les

explique:

“Somos los aguacateros, todos nacidos en la finca, pero los patrones ni nos

voltean a ver.

Aunque somos muchos, todos somos distintos, unos más peludos y otros más

pelones.

Todos somos de aquí, pero ninguno sabe de que patria son nuestros padres, a

diferencia de los pura sangre, que conocen a los padres de su patria y hasta

con denominación de origen. Esos que si están representados, esos a los que

si los soban, los bañan y encima duermen adentro. Lujos con los que no

vivimos ni nos hacen falta.

La verdad es que no estamos resentidos ni envidiosos ni traumados, lo que si

nos gustaría es comer todos los días… pero honestamente, hemos aprendido a

sobrevivir y de eso da fe una historia ancestral, que nos distingue en la

selección natural.

Ya quisiera ver a un pura sangre sobrevivir sin vacunas, sin techo, sin

plato y sin las caricias por las que tanto menean el rabo. Se deprimen a la

primera que les quitan y no falta alguno que hasta se mata.

Para nosotros los aguacateros, cada momento de cada día es una oportunidad

para conseguir algo. Vivimos acostumbrados a la incertidumbre, nos

rebuscamos, perseveramos y lo único que todos los aguacateros sabemos con

certeza, es de que chucha nos guindamos hasta que sin muchas nostalgias nos

destetaron.

Divertido que somos únicos, no nos parecemos como los pura sangre. Que todos

caminan igual, ladran igual y hasta cagan igual, porque les dan de comer la

misma purina todos los días.

Nosotros somos los auténticos sobrevivientes, los mejor adaptados al hambre,

a los parásitos, al frío, a las inclemencias del tiempo, a la sarna y el

bocado.

Nosotros no tenemos identidad, ni dignidad, ni derechos, ni pertenencia o

afiliación.

Sin embargo, nos llama la atención que a todos nos bautizaron con el mismo

nombre. En ese sagrado y doloroso ritual de la pedrada, al que con tanto

fervor religioso asisten los que aquí viven, en el que todos nuestros

padrinos y madrinas nos llamaron por consenso “chucho ijueputa”.

Eso somos todos, los que en la basura hurgamos, los que agradecemos con la

fidelidad vitalicia al primer bolito que nos adopta y nos cambia el nombre,

por alguna invención maravillosa de su delirium tremens.

Antes de que se me muriera mi último bolito, me llamaba diputado, porque

decía que solo para ladrar y hartar servía.

Nunca le entendí a mi bolito, pero lo cuidaba de que no le hueviaran el

corvo y los botines, cada vez que se fondeaba en las cunetas.

Los otros bolitos que tuve antes, si les hueviaron a uno el corvo y a otro

el sombrero. Por eso me echaron al carajo.

Mi último bolito fue el primer ser humano que me acaricio de choto. Nada más

por ser yo. Con eso ya me había ganado. Lo acompañe en su miseria, sacrificando mi libertad hasta que su pacha le cerró los ojos para siempre.

Me acuerdo de ese día por que llovía y cuando llueve, me cuesta más oler el

piso. De repente me abrazo medio pandeado en la acera y me dijo, con esa voz

pastosa y tufosa al guaro de siempre:

-Diputado, hoy si… esta si es la penúltima. Y nos la vamos a echar, a la

salud del presidente. Porque este presidente si es bien macho, no como el

otro gordo maricon. Este si tiene las hembras más nalgonas y nadie le dice

nada. Ya vas a ver que cuando me encuentre mi papi, me voy a conseguir una

novia pelo amarillo. Te vas a acordar de mi diputado…

Se empino la pacha y ya nunca se despertó. A lo mejor sonó que tenia

camioneta con chaneques y novias de las que salen en la tele. A lo mejor

soñó que tenía familia y era bondadoso, listo e importante. O a lo

mejor sonó con ser el chucho de una niña rica de las que los llevan metidos

en las carteras. Porque esos chuchos, de plano que viven mejor que el resto

de criaturas en la tierra.

La verdad nunca supe de donde salió, pero siempre tenía tortillas y siempre

me daba.

Me parece curioso que todos sus amigos se llamaban igual que él, “bolo

chuco”, “bolo cerote” o “bolo ijueputa”. Así los bautizaron los mismos

padrinos de mis pedradas.

A ellos tampoco los voltea a ver el patrón de la finca y como nosotros,

también son de aquí.

El bolito mío, siempre decía que el patrón era su papa. Yo no le miraba el

parecido… el a pata y el patrón en Mitsubichi! La patrona en Chevrolet!

Pero así decía que le había dicho su mama, una tortillera zarca de un

mercadito de la finca y en eso, las madres no acostumbran mentir.

Como el bolito me duro poco, volví a ser viajero. Por la quebrada en la que

dormía están las casas de los patrones, divertido que las perras puras

sangre se salían a buscarme para que las atendiera. Hasta dicen que tuve un

par de chuchitos que el patrón mando a ahogar porque le eche a perder la

raza a una pastora Alemana de ASPA y de ACANSAL. Yo eso tampoco lo entiendo.

Pero de la vida aprendí que algunos nos soban, otros nos tiran piedras y a

nosotros nos toca agradecer ambas media vez no nos ahoguen. Las caricias nos

hacen más nobles y las pedradas nos hacen más fuertes.

Yo con todo y todo soy feliz. Estoy vivo y cuando paso por el mercado, hasta

hay una tortillera zarca que siempre me da tortilla, dice que por cuidarle a

su Mauricito. No sé quién será el tal Mauricito, pero la tortilla siempre la

agradecí. Yo la verdad al único que he cuidado aparte de mi mismo es a “bolo

ijueputa”, que decía que su mama decía que era hijo del presidente. Yo de

esas cosas no entiendo, acuérdese que solo soy un chucho.

Hoy vivo en La Libertad por una piedra que le dicen el tunco, no me gusta

acercarme mucho porque si me tiran esa, no me cabe duda que me matan. Pero

es que aquí me trajo a vivir una gringa que vino a surfear y se enamoro de

la playa, de un ostrero y de mí.

Me adoptaron cuando cojeaba por el culatazo de fusil que me zampo el

chaneque de un maitro choco que manejaba en contrasentido, en un carrito de

los que manejan los hijos del patrón. Yo nada mas estaba meando cuando sentí

el pencazo del chaneque que decía: Este chucho ijueputa ya le meó los rines

al mini de mi excelencia…

Hoy de eso ni me acuerdo mucho, mi gringa dice que tengo la cara mas linda

de todos los pupies, no se quienes serán los pupies pero siento bien rico

cuando me amontona todo. A lo mejor mi bolito soñaba que era yo, porque esta

gringa es igual a la novia que el siempre decía que se iba a conseguir

cuando lo encontrara su papa.

A lo único que no me acostumbro hoy es a comerme esa purina que le dan de

hartar desde chiquitos a los pura sangre. Me sigue gustando salir a

rebuscarme la comida, aunque siempre tenga esa purina en un plato con mi

nombre. Por cierto que ya no me llamo chucho ijueputa, ni diputado. Mi

gringa me llama “Survivor” y por la zona del tunco hasta el puerto de la

libertad, casi todos los chuchitos son míos…”

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